En 2025, México registró la mayor mejora en paz de al menos una década. Sin embargo, el indicador de miedo a la violencia empeoró por primera vez en siete años: la percepción de inseguridad aumentó dos puntos porcentuales, pasando de 73.6% a 75.6% de ciudadanos que considera inseguro su estado.
El miedo a la violencia no está determinado únicamente por las estadísticas delictivas ni por la exposición personal al crimen. Está influido por la memoria, los medios de comunicación, la confianza institucional y la proximidad a eventos de alto impacto. En México, esa dinámica es especialmente aguda.
La paz no se limita a la ausencia de violencia; los ciudadanos también necesitan sentirse libres de la amenaza de ésta. La relación entre estadísticas de violencia y percepciones de seguridad es compleja. El Índice de Percepciones de Seguridad, basado en encuestas en más de 120 países, encuentra que en promedio las personas tienen seis veces más probabilidades de preocuparse por el crimen violento que de haberlo experimentado directamente en los dos años previos.
En 2025, 24 de los 32 estados de México registraron aumentos en sus niveles de miedo a la violencia. El caso más dramático es Sinaloa, donde el miedo se disparó más de 25 puntos porcentuales —de 54.9% a 80.5%— tras el estallido de la guerra interna entre facciones del cártel.
Los niveles extremos de violencia suelen concentrarse en ciertos estados e incluso en zonas específicas. Pero aunque la violencia se concentra geográficamente, el miedo no. Puede viajar mucho más lejos y más rápido que la violencia misma, especialmente en la era de las redes sociales.
Los datos de encuestas muestran que los mexicanos tienden a sentirse más seguros en su entorno inmediato: alrededor de cuatro de cada diez consideran inseguro su colonia; cerca de seis de cada diez, su municipio; y más de siete de cada diez, su estado. A mayor distancia del entorno inmediato, las percepciones son moldeadas cada vez más por la cobertura mediática nacional y los eventos de alto impacto.
Incluso Yucatán, el estado más pacífico de México, vio aumentar el miedo nueve puntos porcentuales en un solo año, a pesar de haber registrado una reducción en la violencia real.
El miedo, sin embargo, no es irracional. En muchos casos, es la respuesta más racional disponible para quienes han visto fallar a las instituciones. Solo una fracción de los delitos denunciados resulta en una investigación penal, y aún menos en una condena. Cuando las víctimas comprueban que denunciar un delito difícilmente produce justicia, dejan de hacerlo. Cuando la ciudadanía observa que los cárteles se reestructuran en lugar de desaparecer, deja de confiar en las estadísticas.
Reducir los homicidios y restaurar las percepciones de seguridad son tareas complementarias pero distintas. La primera implica desarticular redes criminales. La segunda requiere una presencia institucional constante, reducciones visibles en los delitos cotidianos y el trabajo de largo plazo de reconstruir la confianza en instituciones que históricamente han fallado.
El caso de Zacatecas ilustra la profundidad del desafío. En 2025, el estado registró la mayor mejora en paz del país por tercer año consecutivo, con los homicidios reduciéndose casi a la mitad. Aun así, el 87.3% de los residentes consideraba inseguro su estado —una de las tasas más altas del país— por el peso acumulado de varios años de violencia extrema.
La persistencia del miedo a pesar de las reducciones en la violencia pone de relieve los efectos de largo plazo de la inseguridad. Las percepciones de seguridad suelen cambiar más lentamente que las condiciones que las moldean. Cerrar esa brecha será fundamental para construir una paz duradera.